13 de enero de 2011

LA LEYENDA DE LA CREMA DE ISABEL PREYSLER

Cuenta la leyenda, que en un aeropuerto de cuyo nombre no podemos acordarnos, había una señora esperando para embarcar en un vuelo transoceánico. Como el viaje le había tocado en un sorteo, estaba emocionada porque por primera vez pisaba una sala VIP. Iba a la caza y captura de algún famoso para podérselo contar a sus amigas a la vuelta. Allí estaba ella, más aburrida que una mona y también hasta el gorro de las trifulcas entre el gobierno y los controladores aéreos, cuando, de repente, le dio un codazo a su marido (que la ignoró ostensiblemente, los hombres son así) y farfulló: “¡Oh!, ¡no puede ser…!”.

Pues sí, sí era. La señora había distinguido, debajo de unas gafas de sol y de un precioso abrigo, la inconfundible figura de la inimitable Isabel Preysler. La señora, nerviosa, miraba de reojillo, con curiosidad totalmente comprensible, cómo Isabelita P. se untaba con precisión una crema que había sacado de su bolso de Loewe.

El vuelo a Miami ya tenía puerta de embarque e Isabelita P. se levantó y se marchó, no sin antes dejar caer en la papelera el tubito de la crema que se había untado en la cara a conciencia. Cuando desapareció por el finger, la señora, ni corta ni perezosa y como si en ello le fuera la vida, se levantó de su asiento y corrió, sorteando obstáculos, hasta la papelera. Hizo de tripas corazón, metió la mano entre la basura y rescató el tubito de crema pensando que estaba a punto de conocer el secreto mejor guardado de Isabelita P. y que eso bien valía un sacrificio.

Se guardó el tubito vacío y a su vuelta a España, sus amigas y ella (encantadas con el descubrimiento) peregrinaron por las perfumerías más exclusivas preguntando si tenían la crema en cuestión, pero no había manera de encontrarla. Cuando ya habían perdido toda esperanza, preguntaron en la farmacia y cuál fue su sorpresa cuando la farmacéutica la sacó de un cajón y dijo “sí, cuesta 7 €”. Evidentemente, todas se la compraron. Y fueron muy felices y comieron perdices con un cutis la mar de terso, no se sabe si por efecto de la crema o por la ilusión de compartir algo con Isabelita P.

Hasta nuestros días (por cortesía de Fina, farmacéutica y fan de Isabelita P.) ha llegado el nombre de la crema de la leyenda: XHEKPON. No se sabe si la señora existió ni si la historia es cierta ni tampoco se sabe si el cuento es uno de los mejores ardides publicitarios de los últimos años, o sea, que todo es “presuntamente”, pero… ¡así son las leyendas!

¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!


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